18 febrero 2010

Dimite el secretario de la ONU para el cambio climático

AGENCIAS - Londres

El jefe de la ONU para el cambio climático, Yvo de Boer, ha anunciado que abandonará la secretaría de la Convención de Naciones Unidas -institución que lidera desde 2006- en julio después de que la organización de la Cumbre de Copenhague en diciembre no llegase a ningún acuerdo.
"Ha sido una decisión difícil, pero creo que ha llegado el momento de asumir un nuevo reto, trabajando sobre el clima y la sostenibilidad en el sector privado y académico", ha explicado De Boer en un comunicado. "Copenhague no nos ha provisto de un claro acuerdo en términos legales, pero el compromiso político el sentido de dirigirse hacia un mundo de bajas emisiones es irrefrenable. Esto requiere nuevas alianzas con el sector empresarial y ahora tengo la oportunidad ayudar a que suceda", ha añadido.
La Cumbre, calificada como "decepcionante" por la UE, no solo se convirtió, después de días de negociaciones en vano, en terreno prácticamente valdío en acuerdos, sino en un fracaso organizativo que se saldó con varios incidentes y detenciones de manifestantes durante las protestas ecologistas.
De Boer seguirá en su actual puesto hasta el próximo 1 de julio y ayudará a dirigir las negociaciones hacia la XVI conferencia de las Partes de la Convención (COP XVI), que tendrá lugar en México en noviembre de este año. "Los países responsables del 80% de las emisiones de CO2 han remitido planes nacionales y medidas para luchar contra el cambio climático. Esto subraya sus compromisos de hacer frente al calentamIento global y trabajar hacia la consecución de un acuerdo en Cancún", explica.
Antes de su elección como secretario ejecutivo de la Convención de la ONU para el Cambio Climático, Ivo de Boer trabajó en las políticas medioamientales de la UE como director general del Ministerio Holandés de Medio Ambiente. También fue vicepresidente de la Comisión de la ONU sobre Desarrollo Sostenible, donde actuó como asesor del Gobierno chino y del Banco Mundial y trabajó muy cerca del Consejo Mundial Empresarial de Desarrollo Sostenible.
EL PAÍS, Jueves 18 de febrero de 2010
Imagen: El País.

15 febrero 2010

...Y de la mina nació el bosque.

Raquel Bonilla – Madrid
Mil plazas de párking , capacidad para más de 2.300 personas y una superficie equivalente a diez campos de fútbol. Las cifras del edificio de la sede central de la compañía Endesa, en Madrid, son, cuando menos, gigantescas. Construido bajo los parámetros de la edificación bioclimática, este “coloso” de la arquitectura tiene, sin embargo, un gasto energético anual de 23 millones de kilovatios hora (kWh) – el 66 por ciento corresponde al consumo de electricidad y el 34 por ciento al de gas -, lo que se traduce en la emisión de más de 10.500 toneladas de dióxido de carbono (CO2) al año a la atmósfera. A pesar de estos datos, la sede central de Endesa tiene el objetivo de convertirse en un “edificio cero emisiones”. ¿Misión imposible? Parece que no.
El secreto está en compensar el cien por ciento de las emisiones de CO2 derivadas de las oficinas a través de un ambicioso plan de reforestación en la antigua explotación minera de As Pontes de García Rodríguez, en La Coruña. “Pero antes de contrarrestar lo que emitimos era necesario reducir el consumo energético del edificio”, confiesa Arturo Maldonado, director de Patrimonio de Endesa. El objetivo ya está cumplido, pues gracias a un plan de ecoeficiencia desarrollado por la eléctrica entre 2004 y 2008 – en el que se incluyó la aplicación de medidas como mejorar los sistemas de climatización e iluminación, cambiar algunos hábitos de consumo o autoproducir energía con paneles solares fotovoltaicos -, la compañía ha reducido en más de un 18 por ciento el consumo de electricidad del edificio, en un 27 por ciento el de gas y en cerca de un 29 por ciento el de agua.
“Con estas medidas, la sede redujo su gasto energético anual a casi 20 millones de kWh, lo que significa la emisión de algo más de 9.000 toneladas de CO2 al año. Según una auditoría energética, para capturar estas emisiones durante los próximos 25 años era preciso reforestar unas 600 hectáreas de suelo, plantando unos 400.000 árboles. Pero hemos ido más allá, ya que bajo el proyecto cero emisiones, desarrollado entre 2008 y 2012, se tiene previsto reforestar cerca de 700.000 árboles en 750 hectáreas de terreno en As Pontes equivalentes a la mitad de la Casa de Campo de Madrid”, detalla Maldonado.
Al tratarse de una superficie de características heterogéneas en cuanto a orografía, orientación y tipo de suelo, la realización de un plan técnico forestal en la antigua mina de As Pontes fue el primer paso que permitió establecer el índice de especies más adecuadas para crear un hábitat apropiado. “El objetivo de la restauración de cualquier zona de actividad minera es buscar la integración paisajística y la aparición de vegetación y fauna de forma natural. De ahí que la selección de las especies a plantar sea clave”, afirma Miguel Colomo, director de Producción Minera de Endesa.
Más de 33.000 Castaños.
A finales de este mes de febrero ya se habrán plantado manualmente más de 78.000 especies autóctonas de alto valor ecológico en cerca de 82 hectáreas de terreno. En concreto, se han sembrado 33.720 castaños, 29.730 pinos, 7.331 abedules y 7.321 arces. “La selección y la proporción de las especies es muy acertada, ya que el castaño, el arce y el abedul son las frondosas más características de esta zona de Galicia. Su crecimiento será rápido”, explica José Luis García de Ángela, vocal de Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Centro y profesor de la Universidad Politécnica de Madrid.
El mecanismo de fijación de dióxido de carbono es relativamente sencillo. Los árboles, mediante fotosíntesis, absorben CO2 de la atmósfera para su crecimiento, fijando el carbono en sus células. “Pero además de paliar las emisiones, la nueva plantación de una masa forestal de calidad disminuye la erosión, mejora la regulación hídrica de la zona y genera biodiversidad, incrementando sensiblemente el valor de los terrenos”, puntualiza Maldonado.
Sin embargo, tal y como matiza García de Ángela, “no basta con plantar y quedarse en una mera cifra. Para hablar de una plantación agroforestal sostenible hay que llevar un control de la misma, con revisiones y estudios de calidad externos, además de generar puestos de trabajo y dar rentabilidad al terreno”. A este respecto, Maldonado asegura que “aunque nos planteamos obtener alguna certificación, dado que las empresas participantes y las propias plantes están amparadas por certificados de calidad, hemos decidido que no se hará en las fases iniciales del proyecto”. Lo que sí está previsto es la realización periódica de controles de plantes perdidas y, posteriormente, su reposición, así como la creación de puestos de trabajo, aún sin determinar. En cuanto a la rentabilidad del terreno, en un futuro se podrá vender la madera, pero ese no es el objetivo principal de Endesa.
Buen ejemplo de que el proyecto no caerá en caso roto es la cifra de más de un millón y medio de árboles y un millón seiscientos mil arbustos que ya ha plantado la eléctrica en las escombreras de sus antiguas minas a cielo abierto, como la de Andorra, en Teruel, la de Puertollano, en Ciudad Real, o la de Peñarroya en Córdoba. Y no es únicamente cuestión de números. “Merece la pena fijarse en As Pontes, donde la recuperación va camino de convertirse en un espacio natural singular, con 600.000 árboles, extensas praderas y centenares de animales veterbrados, como el corzo o el lobo, que ahora pueblan el paraje y avalan la validad del trabajo realizado”, afirma Colomo. “No estaría de más que proyectos así sirvieran de ejemplo a seguir”, concluye García de Ángela.
Objetivo: 10 millones de árboles
El denominado proyecto “cero emisiones” no termina con la plantación de 700.000 árboles y la compensación del cien por cien de las emisiones de CO2 producidas por las oficinas centrales de Endesa. De hecho, eso es tan sólo el primer paso de un propósito mucho más ambicioso: plantar diez millones de árboles en 10.000 hectáreas en el plazo de los próximos diez años, lo que supondrá la absorción de más de 200.000 toneladas de CO2 al año. Gracias a este plan global, la compañía eléctrica pretende compensar las emisiones de dióxido de carbono relativas a todas las sedes territoriales de la firma en España (en total son 12 delegaciones). Pero no sólo eso, ya que, además, está previsto desarrollar el programa “huella ecológica”, con el fin de neutralizar las emisiones que producen todos los empleados de la compañía en los desplazamientos realizados por motivos de trabajo, lo que supone la implicación de los trabajadores en la política medioambiental de la empresa. El último escalón de la gran meta tendrá como objetivo implantar aquellas medidas que hagan posible que se compensen las emisiones de los clientes.
“La reforestación, a diferencia de otras medidas tecnológicas, no requiere de un período de desarrollo; su coste es moderado y es uno de los mecanismos con mayor potencial para la mitigación de los efectos del cambio climático”, asegura Maldonado, quien recuerda que convertir los restos de las antiguas minas que fueron explotadas por Endesa en un frondoso bosque forma parte del compromiso de la compañía con el medio ambiente y el desarrollo sostenible.
VERDE – LA RAZÓN, Domingo 14 de febrero de 2010

12 febrero 2010

Cambio Climático, desarrollo sostenible y fiscalidad ambiental

Marta Villar Ezcurra
Catedrática Derecho Financiero y Tributario CEU San Pablo
Cambio climático y desarrollo sostenible son conceptos que han adquirido carta de naturaleza en las políticas ambientales. Representan una nueva forma de enfrentarse a los problemas de nuestro entorno, nuevos retos y compromisos políticos a nivel mundial.
El sector de la energía se ha convertido sin duda en una gran apuesta en términos de sostenibilidad. Se busca un consumo energético más eficiente, una movilización de recursos que potencie energías más limpias y la correspondiente financiación de las inversiones que sean necesarias.
Desde hace tiempo, se viene alentando el papel que debe jugar la fiscalidad ambiental para disminuir el efecto invernadero y promover la sostenibilidad en su triple dimensión ecológica, económica y social. Y muchas voces llaman la atención sobre el potencial de los flexibles instrumentos económicos de mercado como sustitutos de las políticas reguladoras.
Las iniciativas fallidas hacia un “carbón tax” a nivel mundial o hacia un impuesto a las emisiones en la Unión Europea han otorgado protagonismo a los distintos países. En algunos casos, como en Alemania, Dinamarca o Suecia, se han llevado a cabo reformas tributarias verdes, pero en otros, han proliferado impuestos pretendidamente ambientales o falsas “ecotasas”, que en realidad ni son ecos ni son tasas. Sólo se han podido reconducir a su verdadera naturaleza jurídica cuando han intervenido los tribunales.
No hay aún consenso sobre lo que es y no es tributo ambiental, ni sobre cuáles han se ser los principios rectores (el principio quien contamina paga no es un principio jurídico tributario). Tampoco es infrecuente que las categorías jurídico tributarias se manipulen al objeto de eludir las limitaciones competenciales o los principios de legalidad y disciplina presupuestaria.
En la Unión Europea, el régimen de comercio de derechos de emisión, complementado con impuestos armonizados, constituye un importante mecanismo para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Se han fijado también las tendencias de insostenibilidad que hay que frenar, de manera que el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades (así se definió el desarrollo sostenible en el Informe Brundtand, en 1987) ha pasado a integrarse en las distintas políticas sectoriales de energía, transporte, investigación y desarrollo, etc. Ya no se asocia desarrollo a progreso, sino que hablamos de sostenibilidad en una triple dimensión ecológica, económica y social.
Hoy ya no se confía a las medidas fiscales la solución de los problemas ambientales. Los últimos vientos soplan hacia la relegación del instrumento fiscal a un papel complementario de los instrumentos de mercado, y en concreto, del régimen de derechos de comercio de emisión. Pero en lugar de complementariedad hay superposición sobrevenida, hay doble regulación y como consecuencia, ausencia o multiplicidad de costes. Algunas técnicas de exención se han arbitrado como medidas de coordinación pero no todas están libres de tacha de ilegalidad. En países como Suecia o Dinamarca, la Unión Europea no ha dudado en poner en tela de juicio las rebajas o exenciones fiscales por entender que son contrarias a las Directrices de la UE sobre ayudas estatales a favor del medio ambiente.
A la vista del panorama está claro que los esfuerzos no solo deben realizarse en las Conferencias internacionales. Deben también descender al terreno de las normas para conseguir esa sabia combinación de instrumentos de acción que elimine las insuficiencias detectadas.
Quizás no sea absolutamente necesaria – ni posible – en España una reforma fiscal verde al estilo de otros países de nuestro entorno, pero debemos tratar de evitar no ya la proliferación de impuestos ambientales de dudosa constitucionalidad, sino la pérdida de competitividad de las empresas y la superposición indebida e injustificada de regulaciones y costes.
Para ello, hace falta asentar los principios de esta no tan nueva tributación ecológica y que se adopten las medidas necesarias de coordinación de instrumentos económicos y de mercado en el doble plano político y de técnicas jurídicas.
ABC NATURAL, Viernes 12 – 02 - 2010

Geoingeniería. Técnicas para “descarbonizar” el planeta

POR ARACELI ACOSTA
Desde hace décadas muchos grupos de investigación en todo el mundo trabajan en soluciones novedosas al calentamiento global. Desde fertilizar los océanos con hierro, modificar las nubes para que reflejen más la luz solar al espacio o desarrollar árboles artificiales. Ideas que en la mayoría de los casos no han pasado de proyectos y de algunas páginas en revistas científicas. El objetivo principal en la lucha contra el calentamiento global era, y sigue siendo, estabilizar la concentración dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero, esto es, las llamadas acciones de mitigación que conduzcan a bajar “los humos” al planeta.
Sin embargo, en los últimos años las voces a favor de la llamada geoingeniería vuelven a oírse con fuerza, toda vez que el consenso científico apunta a que no nos podemos permitir que la temperatura media del planeta suba más de 2 grados centígrados sobre los niveles preindustriales. En los últimos cien años los termómetros ya señalan una temperatura media 0,7 grados superior a dichos niveles. Y el calentamiento continúa. Así, el año 2009 terminó como el quinto más cálido desde que comenzaron los registros meteorológicos fiables en 1850, sólo por detrás de 2005, 1998, 2007 y 2006, según los datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Por tanto, la tendencia de calentamiento es clara y parece que nos acercamos rápidamente a un punto crítico en la cuestión del cambio climático.
Y el fracaso estrepitoso de la Cumbre del Cambio Climático en Copenhague, donde las propuestas de reducción de emisiones por parte de los mayores emisores del mundo no tienen carácter vinculante, no han hecho más que acuciar un debate que hasta hace bien poco quedaba al margen de la “hoja de ruta” para luchar contra el calentamiento global.
¿Es la geoingeniería una solución definitiva al calentamiento global o un salvoconducto hasta que se generalice la llamada economía baja en carbono? El pasado mes de agosto, en un detallado estudio del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido, se aseguraba que la geoingeniería no es una solución global al calentamiento, no es una “panacea”, pero podría ser otro de los componentes potenciales en el enfoque del cambio climático, que podría proporcionar al mundo tiempo extra par descarbonizar la economía mundial.
Unas décadas de plazo
Según Tim Fox, uno de los autores del estudio, el planeta sólo dispone de unos décadas para reducir los gases de efecto invernadero, y en ese tiempo no será posible que se produzcan cambios radicales en la economía global, en nuestro comportamiento y en las fuentes de energía y el uso que de ellas hacemos, Mientras tanto, la solución estaría en la geoingeniería, o lo que es lo mismo, que el hombre intervenga a gran escala en el sistema climático de la Tierra. Y esto puede hacerse de dos formas: retirando los gases de efecto invernadero (principalmente CO2) de la atmósfera o reduciendo la cantidad de radiación solar que el sistema climático absorbe.
Las técnicas para intentar lograr estos objetivos son muchas y variadas. Muchas de ellas serán discutidas el próximo mes en California en un congreso que reunirá a investigadores de todo el mundo. Mike MacCracken, investigador del Instituto del Clima en Washington, y quien ha diseñado el programa científico de esta conferencia explica que ha llegado el momento de discutir sobre estas técnicas. En declaraciones a The Guardian afirma que hasta ahora “la mayor parte de la discusión acerca de la geoingeniería se centra en que se debe esperar a que lleguemos a una situación de emergencia. Aunque, bueno, la gente del Ártico puede decir que ya está en una situación de emergencia”, afirma.
Algunas de las técnicas planteadas hasta el momento sólo requieren aplicar la física y la química para manipular el clima. Así, se propone el uso de aerosoles estratosféricos, compuestos de azufre brillante que pulverizados en la parte alta de la atmósfera ayudarían a reflejar la luz solar. Sus defensores destacan que es una técnica barata y fácil; sus detractores afirman que tendría efectos secundarios en el régimen de lluvias de todo el planeta.
La misma interferencia en los patrones de lluvia, y también de viento, podría producirse en el caso del llamado blanqueamiento de nubes. Esta técnica, cuya ventaja principal radica en que puede desactivarse a voluntad, requeriría de una flota de buques por todos los océanos que se dedicarían a pulverizar un “spray” compuesto de agua de mar. La evaporación provocaría la formación de brillantes cristales de sal, que relejarían la luz solar de vuelta al espacio.
Hay otras opciones que requieren algo de imaginación y de visión futurista. Es el caso de la propuesta de poner en órbita en el espacio una especie de sombrilla gigante para bloquear la luz solar. Esta idea tendría más posibilidades si se hace con miles de millones de pequeños espejos, si bien es muy costosa e impracticable con la tecnología actual.
Técnicas de bloqueo solar
Son todas técnicas que se refieren al enfriamiento de la Tierra esquivando el reflejo solar. El año pasado, un influyente informe de la Royal Society concluyó que la geoingeniería de métodos que bloquean el sol “puede proporcionar una solución potencialmente útil de respaldo a la mitigación a corto plazo si lo que se necesita es una reducción rápida de la temperatura global en un momento dado”.
En este sentido, pero dirigida a conseguir un efecto más local, se ha lanzado muchas veces la idea de que los tejados se pinten de blanco para contrarrestar el efecto de “isla de calor” de las ciudades. Está demostrado que las ciudades con altas concentraciones de tráfico tienen hasta 4 grados centígrados más de temperatura que los suburbios o núcleos del extrarradio, lo que conlleva un mayor uso del aire acondicionado. Los expertos calculan que estos tejados reflectantes pueden reducir el consumo energético hasta un 60 por ciento.
Por su parte, Nem Vaughan, de la universidad de East Anglia (Inglaterra) y uno de los autores del estudio del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido, asegura que todas las técnicas que se refieren al enfriamiento de la Tierra esquivando el reflejo solar “sólo consiguen enmascarar el problema”. Por eso, desde este centro abogan por las técnicas que pretenden eliminar el carbono de la atmósfera y almacenarlo.
“Sumideros” de carbono
Además de las tecnologías ya en prueba de captura y almacenamiento de carbono en yacimientos agotados, hay sobre la mesa otras ideas que pretenden imitar lo que la naturaleza hace por sí misma. En Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido propone adherir a la fachada de los edificios tubos llenos de algas, que se encargarían de absorber el CO2, y luego esta biomasa puede convertirse en carbón vegetal y enterrarse.
Otra de las opciones que lleva tiempo discutiéndose, con ensayos que han resultado muy polémicos, es la fertilización oceánica. Se trata de verter hierro en el mar para favorecer el crecimiento del plancton, que “atrapa” el dióxido de carbono de la atmósfera. No obstante, plantea complicaciones para hacerlo a gran escala, por lo que en los últimos tiempos esta idea pierde adeptos.
El Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Carlos Duarte explica a ABC Natural que estas técnicas “son interesantes desde el punto de vista científico, peo no son ni operativas ni fiables, además de que hoy por hoy estamos a tiempo de ejercer otras opciones”.
En este sentido, los océanos y los ecosistemas marinos son un potente “sumidero” de CO2. Hace pocos meses un informe de la ONU sobre la capacidad de absorción de los ecosistemas encargado a un grupo de científicos, entre ellos el propio Duarte, aseguraba que basta con preservar las praderas submarinas, marismas y boques de manglar para conseguir un efecto equivalente a un 10 por ciento de la reducción de CO2 necesaria para mantener la concentración de este gas en la atmósfera por debajo de las 450 partes por millón, límite considerado como máximo para que la temperatura no supere más de 2 grados.
Y es que los ecosistemas marinos como manglares, praderas submarinas o marismas, pese a ser menores en superficie que los bosques tropicales del planeta, tienen un poder entre 3 y 10 veces superior de capturar y almacenar CO2 de la atmósfera. Como dice Duarte, “lo tenemos delante de nuestras narices, así que sólo hace falta conservarlo”. Estos ecosistemas están desapareciendo a un ritmo siete veces mayor que hace 50 años, liberando por tanto el CO2 absorbido hasta el momento. Se calcula que cada año se pierde entre el 2 y el 7% de estos sumideros naturales.
Bosques en el desierto.
Los otros sumideros de CO2 están en tierra, son los bosques que día a día van perdiendo presencia como consecuencia de la conversión en tierras de cultivo y de los incendios forestales. Ante este retroceso vegetal, algunos investigadores proponen “plantar” árboles artificiales. Según cálculos del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido, un “bosque” de 100.000 árboles artificiales podría contribuir a reducir las emisiones de dióxido de carbono en diez o quince años.
La propiedad de estos árboles consiste en un filtro que captura el CO2 de la atmósfera, que luego se adhiere a un material absorbente y se almacena bajo tierra de al misma forma que ya se está haciendo con la captura de gases directamente de las plantas de producción.
Según el investigador y catedrático de la Universidad de Columbia, Wallace Broecker, padre del término calentamiento global y que en los últimos años respalda investigaciones encaminadas a la captura a gran escala de CO2, esta técnica “no es cara, porque el coste no está en capturar sino en extraer y recuperar el CO2 de allí donde lo hemos logrado atrapar. Las plantas de producción suelen estar cerca de las ciudades, por lo que el CO2 luego debería ser conducido al lugar donde lo vamos a enterrar. Si lo extraes directamente de la atmósfera, lo puedes hacer justo donde lo vas a almacenar. Por eso creo que lo mejor sería colocar estos dispositivos que imitan a los árboles en zonas desérticas”.
Tanta modificación del paisaje y tanta interferencia en el sistema climático siguen encontrando muchas reticencias en buena parte de la comunidad científica. Recientemente un informe de la Sociedad Sueca para la Conservación de la Naturaleza afirmaba que la geoingeniería es un “acto de geopiratería” advirtiendo que “el mundo se enfrenta al riesgo de elegir soluciones que pueden convertirse en nuevos problemas globales”; esto es, peor el remedio que la enfermedad.
Una receta para salvar la Tierra
Hace poco más de dos años, James Lovelock, autor de la Teoría Gaia, según la cual la Tierra es un organismo que se autorregula, evoluciona y está vivo, publicó una carta en la revista “Nature” en la que exponía una hipótesis para salvar nuestro planeta “enfermo”. Junto al investigador Chris Rapley, proponían “una forma de estimular la capacidad de la Tierra para curarse a sí misma, como un tratamiento de emergencia para la patología del calentamiento global”. Una autocuración posible a través de los océanos. Lo que Lovelock propone es bastante simple y tiene que ver con el ciclo natural del CO2. Introduciendo en el océano unos tubos de entre 100 y 200 metros de largo y 10 metros de diámetro, que terminan en su base en una especie de válvula batiente, se logra bombear agua, permitiendo la mezcla de las aguas ricas en nutrientes del fondo con las más pobres de la superficie. Esto provoca la fertilización de las algas, que crecerían y podrían absorber más dióxido de carbono de la atmósfera. Al mismo tiempo, estas algas convierten, gracias a la luz, el sulfato inorgánico del mar en sulfuro de dimetilo, que se oxida en la atmósfera en compuestos que atraen la humedad. Así, provoca la formación de nubes, que absorben mayor radiación solar y, por tanto, favorecen un efecto de enfriamiento.

“La geoingeniería nos aparta de lo importante”
Bjorn Stevens – Director del Instituto Max Plank de Meteorología.
El investigador Bjorn Stevens, actualmente director del Instituto de Meteorología Max Planck (Hamburgo), pasó hace unas semanas por Madrid para hacer público quien es el último galardonado con el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Cambio Climático. Este estudioso del sistema climático habló con ABC del desafío del cambio climático, pero también abordó algunos aspectos de las técnicas de geoingeniería como solución al calentamiento global del planeta.
Dice usted que contra el cambio climático hay que actuar cuanto antes, sin esperar a conocer todos los detalles. ¿Las técnicas de geoingeniería son las adecuadas para esta acción?
La gente olvida cuánto conocemos del sistema climático, éstas son propuestas que pasan por alto ese grado de desconocimiento, porque la mayor parte de esas técnicas presuponen un conocimiento mucho más a fondo sobre el ecosistema terrestre, un conocimiento mucho más perfecto que el que realmente tenemos. La geoingeniería es una idea interesante porque nos recuerda lo poquito que sabemos. Pero sólo nos lleva a apartarnos de hacerle frente al cambio climático o gestionar los temas fundamentales dejando de lado lo que importa.
¿Lo que hace China inyectando yoduro de plata en las nubes para provocar lluvia es contraproducente?
La siembra de nubes es una técnica que se remonta a las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado. Esto fue parcialmente un instrumento de la Guerra Fría, en la se investigó mucho para intentar controlar el clima en esos años. Después de muchos pasos a lo largo de los años 70 se siguen haciendo estudios en Suráfrica e Israel, pero ha sido muy difícil dilucidar un efecto notable constatable a partir de la siembra de nubes. Localmente puedes ver que una nube se comporta de una forma diferente de lo que lo haría cuando has hecho la siembra de nubes, pero lo difícil es ver qué hubiera pasado si no se hubiera hecho. O qué pasa más lejos, a una cierta distancia. Por tanto, si realmente se está pensando en controlar el clima, haría falta antes un análisis medioambiental y para eso necesitaríamos un conocimiento más amplio, que no tenemos.
Si no podemos controlar el clima con la geoingeniería, ¿seremos capaces de reducir nuestras emisiones?
Lo que sí podemos hacer, por lo menos, es controlar nuestra conducta, nuestro comportamiento. Y no creo que pedir que se controle nuestra conducta sea demasiado pedir.
ABC NATURAL, Viernes 12-2-2010

09 febrero 2010

El Calentamiento existe

CAYETANO LÓPEZ
No siempre, y no todos los científicos proceden con el debido rigor a la hora de obtener o procesar datos experimentales. Ni tampoco los modelos o teorías científicas que son consideradas correctas suelen estar libres de carencias a la hora de explicar este o aquel dato concreto; se perfeccionan a lo largo de un proceso en el que normalmente participa mucha gente y que puede llevar mucho tiempo. La ciencia, además, posee instrumentos que permiten desmontar fraudes o equivocaciones con notable eficacia.
La reciente controversia a propósito de los mensajes intercambiados entre científicos del clima en la Universidad de East Anglia, en el Reino Unido, o de las incorrectas afirmaciones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) acerca de los glaciares del Himalaya, son una desgraciada combinación de ambos fenómenos.
Ahora bien, las repercusiones de hechos como los descritos es distinta según el campo de que se trate. La existencia del bosón de Higgs es una cuestión vital para una minoría de científicos pero no tiene repercusión alguna sobre la vida de los ciudadanos ni sobre la prosperidad de las naciones. Sin embargo, el Cambio Climático es algo que puede suponer, de grado o por fuerza, modificaciones profundas en el modo de vida y la economía del planeta; o, dicho de otra forma, afecta a los intereses de muchas personas y corporaciones. De ahí que una discusión sobre la aparente mala fe en el análisis de los datos o las predicciones erróneas de unos pocos científicos del clima derive en la puesta en cuestión de lo que se considera, de forma casi unánime, la evidencia de la interferencia humana con el clima en las últimas décadas, debida sobre todo a las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la utilización de los combustibles sólidos como fuente de energía.
Pero la evidencia es sólida, se basa en multitud de datos contrastados y resiste perfectamente a los manejos poco escrupulosos de unos pocos. Quien examine el gráfico de la concentración de CO2 en la atmósfera terrestre en el último medio millón de años se dará cuenta de que en unas pocas décadas se ha superado de lejos el máximo histórico registrado a lo largo de ese periodo de cientos de miles de años. Y si se pone en correlación ese gráfico con el de las fluctuaciones de temperatura media planetaria, quedan pocas dudas de que algo importante, que sólo puede ser la utilización intensiva de petróleo y carbón en el último siglo, está ocurriendo.
Las predicciones sobre el tiempo en que se alcanzará tal o cual temperatura, o en que se derretirá tal o cual masa de hielo, o en las inundaciones o sequías en tal o cual región, son discutibles y están sujetas a la incertidumbre propia de un sistema tan complejo como el clima. Y se equivocan quienes insisten sobre predicciones concretas a 50 o 100 años vista, seguramente para enfatizar los peligros potenciales del cambio climático, porque no es probable que sean precisas. Pero que, de seguir con nuestros hábitos de consumo de energía, perturbaremos gravemente el balance energético sobre la superficie terrestre y, por tanto, el clima, es una afirmación sobre la que quedan ya pocas dudas.

Cayetano López es director general del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas, CIEMAT.
EL PAÍS,Jueves 4 de febrero de 2010

Escaladores para reparar turbinas eólicas

Por KATE GALBRAITH
MAHANOY TOWNSHIP, Pensilvania – Suspendidos por cuendas de lo más alto de una turbina eólica gigante, dos hombres descendían lentamente por una de las astas largas y plateadas. Luego se pusieron manos a la obra a 45 metros del suelo, se empezó a oír por todas partes el zumbido de una lijadora.
Para Matt Touchette y Sequoia Haughey era otro día más en la oficina. “Un viento bastante racheado”, informa Touchette por una emisora con interferencias desde su privilegiada posición.
Los especialistas en escalada como Touchette y Haughey llevan mucho tiempo desempeñando una serie de trabajos altamente especializados, como inspeccionar grandes presas, limpiar el Monte Rushmore o reparar las plataformas petrolíferas en alta mar. Pero a medida que los parques eólicos se han ido extendiendo, las empresas de especialistas en escalada no han tardado en abrirse a una nueva actividad: arreglar turbinas para que duren más tiempo a la intemperie.
Es el trabajo ideal para las personas a las que les gusta la escalada. Rope Partner, la empresa de Santa Cruz, California, que contrata a Touchette y Haughey, fue fundada en 2001 por un ávido escalador, Chris Bley, después de que aprendiera el oficio gracias a dos alemanes a los que conoció escalando acantilados de granito en el Parque Nacional Joshua Tree en los años noventa. Los alemanes formaban parte de un equipo de escaladores que ayudaron a cubrir el Reichstag, donde se reúne el Parlamento alemán con una tela para una instalación artística. Actualmente, estos trabajos consisten en inspeccionar turbinas, limpiarlas y repararlas, algo necesario si se atasca un asta por un rayo o se estropea por el hilo. Las astas están hechas de fibra de vidrio y las tareas de reparación pueden implicar extraer la fibra de vidrio antigua y poner un material nuevo, que luego se tiene que lijar para que quede homogéneo. “Me sorprendió mucho cuando ví que realmente te podías ganar la vida trabajando colgado de una cuerda”, comenta Bley.
Al menos unas cuantas empresas pequeñas de especialistas en escalada trabajan actualmente con turbinas. Algunas, como East River Rigging de Brooklyn, con nuevas y hacen labores regionales de escalada de todo tipo. Otras, como Skala de Reno, Nevada, se pasaron a los trabajos con las turbinas eólicas cuando empezó el boom hace varios años. Rope Partner se centra únicamente en las turbinas.
Igor Stomp, presidente del comité de comunicaciones de la Sociedad de Técnicos Profesionales de Acceso con Cuerdas, calcula que el coste de un trabajo básico de un día de dos escaladores puede empezar en 2.000 dólares, y llegar a costar mucho más para tareas más difíciles. Desde la perspectiva de los técnicos, “pagan bien...para escaladores cutres”, como dice Haughey riéndose.
Ni siquiera cuando están trabajando se hartan de las cuerdas. Cuando diluvia o hace demasiado viento para trabajar de manera segura en el parque de Pensilvania, Touchette y Haughey se van a escalar a lo que Touchette describe como un “pequeño acantilado zarrapastroso en el bosque”, a unos 25 minutos.
En los días de buen tiempo, el primer paso de los dos hombres es asegurarse de que la turbina está apagada, para que no dé vueltas mientras ellos están subidos a ella, algo que podría causarles la muerte. Luego organizan con cuidado el equipo que van a necesitar ese día: mezclan productos químicos para crear una capa gelatinosa para tratar las astas, preparan algo para comer y se colocan los cascos y las cuerdas.
Tras desaparecer torre arriba, los dos escaladores parecen dos motas diminutas Cada uno está amarrado a alo más alto con dos cuerdas. Lentamente se deslizan por el asta, que mira hacia el suelo, y ponen manos a la obra. Llevan un alargador naranja, de más de 45 metros de largo, para enchufar la lijadora.
Suelen producirse los típicos accidentes industriales: Haughey, por ejemplo, una vez se pilló la punta del dedo con una parte móvil del interior de la turbina, aunque no estaba colgado en ese momento, o se les caen piezas. El día en que lijaron el asta de la turbina en Pensilvania, a Touchette y Haughey no se les cayó nada, pero avisaron a los visitantes de la base de la turbina que se pusieran en contra del viento, por si acaso.
THE NEW YORK TIMES – EL PAÍS, Jueves 4 de febrero de 2010

08 febrero 2010

Y después de Copenhague, ¿qué?

CLEMENTE ÁLVAREZ
Noche del 16 de diciembre de 2009, a sólo dos días del final de la trascendental Cumbre del Clima de Copenhague. Son las 22.30 y un agotado delegado del Estado de Tuvalu habla en el plenario. “Señora presidente, le estoy preguntando si voy a dormir esta noche”. La presidenta se acerca al micrófono: “Estoy consultando sobre cómo llevar a cabo las consultas”. Estallan las risas, pero de desesperación.
Aunque situaciones esperpénticas como ésta se han dado siempre en los plenarios de estas conferencias donde participan las 192 partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la mayoría de las nociones de la Tierra, en el decepcionante desenlace de la cumbre de Copenhague son muchos los que piensan que esta vez se han rebasado los límites. Los líderes mundiales han fallado, pero el sistema de negociación de Naciones Unidas también ha quedado en entredicho. “Hay que repensar cómo conseguir una mayor eficacia, 192 opinando cada coma y con decisión de veto dificulta demasiado las negociaciones”, comenta Teresa Ribera, secretaria de Estado de Cambio Climático, que considera que las políticas climáticas se han convertido en una pieza trascendental en las relaciones internacionales por sus implicaciones en economía, energía, competitividad, etcétera.
Habían transcurrido dos años desde que en la Cumbre de Bali se fijara Copenhague como límite para llegar a un acuerdo con el que dar continuidad más allá de 2012 al único tratado internacional para la reducción de las emisiones que causan el cambio climático, el Protocolo de Kioto. En ese tiempo, las delegaciones pasaron en 2008 por Bangkok (Indonesia), Bonn (Alemania) y Accra (Ghana); celebraron entre medias una cumbre mundial en Poznan (Polonia) e intensificaron las reuniones en 2009 de nuevo en Bonn y Bangkok, además de en Nueva York (EE UU) y Barcelona (España). Sin embargo, en los últimos días de la cumbre de Copenhague todas las cuestiones importantes seguían entre brackets (corchetes) o en blanco, y las delegaciones continuaban perdidas en laberínticas discusiones por asuntos de procedimiento. “No es que falle el sistema de Naciones Unidas, pero cuando las potencias no quieren realmente llegar a un acuerdo, no hay nada más efectivo que poner a discutir sobre procedimientos a las 192 partes”, incide el sindicalista Joaquín Nieto, uno de los más veteranos en estas cumbres.
El momento de mayor exasperación se alcanza la última noche. El Air Force One de Barack Obana ha despegado hace horas de regreso a Washington, y los líderes mundiales han dejado la cumbre a la carrera sin hacerse la foto. Nunca antes han participado tantos jefes de Estado en una conferencia climática, pero lo pactado entre el estadounidense Obama, el chino Wen Juabao, el brasileño Lula da Silva y el indio Manmohan Singh resulta un fiasco. Las tres páginas del Acuerdo de Copenhague incluyen la necesidad de frenar el aumento de la temperatura del planeta por debajo e los dos grados y establecen un importante fondo de financiación, pero dejan a cada país la decisión de cómo será su reducción de emisiones, sin fijar compromisos ni plazos vinculantes.
Y, aun así, todo puede ir a peor cuando el texto es rechazado de madrugada en el plenario por unos pocos países del G-77 (el grupo de naciones en desarrollo, que ha saltado por los aires en Copenhague): Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Tuvalu y Sudán (curiosamente, portavoz del G-77). Las largas intervenciones de las delegaciones se suceden sin avanzar nada. “Algunos delegados tienen vuelo a las 7.00 y a las 8.00”, comenta desesperado el representante de Senegal a las 5.56. “He dormido tres horas en tres días, dejemos de llorar”, exclama la delegada de Venezuela a las 7.14. El espectáculo resulta desconcertante.
Después de una noche en vela, un derrumbado primer ministro danés, Lars Rasmussen, arroja la toalla: “Lo siento, pero no podemos aceptar este documento...”. El que actúa como presidente del plenario admite a las 8.00 que no hay consenso está a punto de lanzar contra la mesa el martillo de madera para validar sus palabras cuando es interrumpido por los golpes del Secretario de Estado de Energía y Cambio Climático del Reino Unido, Ed Miliband. El plenario no se reanuda hasta más de dos horas después, cuando un sustituto de Rasmussen anuncia de carrerilla que la convención toma nota del Acuerdo de Copenhague y golpea a toda prisa el martillo. “Las últimas dos semanas han mostrado a veces una imagen ridícula al público”, escribía después Miliband en el diario The Guardian. “Necesitamos tener una reforma importante del organismo de la ONU que supervisa las negociaciones y de la forma en que éstas se llevan a cabo”, incide el británico, que considera que la gran pregunta es: y ahora, ¿qué?.
Tras ese golpe de martillo en el plenario se suceden otros que acuerdan continuar en la Cumbre del Clima en México, en diciembre de 2010, con los textos de las dos vías de negociación principales: la de la prolongación del Protocolo de Kioto (en la que están todos los países industrializados salvo EEUU) y la de un nuevo acuerdo que integre a todas las partes de la convenció (incluidos EEUU y países emergentes como China). “Han quedado estos dos textos con mandato para seguir en México, aunque todavía con muchos corchetes, y el acuerdo político de Copenhague, que si bien está por debajo e lo que se necesita, también integra a países que generan más del 80% de las emisiones, que no es ninguna tontería”, indica Ribera. Además, se habilita al Gobierno de México para que tome las decisiones que crea necesarias para continuar el proceso.
Con todo, los interrogantes abiertos en Copenhague son todavía demasiados. “El sistema de Naciones Unidas busca garantizar la protección del más débil, y por ello hay que preservar este sistema multilateral, pero hay que buscar otras vía”, destaca la secretaria de Estado. “Éste es un proceso tan complicado, tan transversal y tan urgente que necesita de otras formas para avanzar”.
EL PAÍS – TIERRA - , Sábado 16 de enero de 2010